Leo y Walter: Agradecidos en el accidente

Suelo salir a correr los domingos por la mañana. Pero como ayer no pude, aproveché el lunes feriado para hacer ejercicio.
Iba trotando por el parque General Paz, en CABA, cuando ví a dos muchachos que atrajeron mi atención. Uno estaba sentado en el pasto al lado de cordón y el otro inclinado sobre una moto que estaba parada sobre su pata de apoyo. Pasando por al lado ví que ambos tenían lastimaduras en sus brazos. Entonces me acerqué a preguntarles que les había pasado y a ponerme a disposición para lo que necesiten.
Me titularon que habían tenido un accidente en la moto mientras iban por la siempre transitada avenida General Paz. Un auto los había encerrado y tocaron con la rueda delantera de la moto el paragolpes trasero del auto, lo que los desestabilizó y ocasionó la caída. Les presté el teléfono para algunas llamadas y les conseguí una botella de agua mineral para que tomaran mientras esperaban que sus familiares los vinieran a buscar.

Av. General Paz donde fué el accidente.

Charlando con ellos supe que les sucedió el accidente mientras iban de camino a su trabajo ya que ambos son cocineros. Walter tenía más heridas pero estaba bien anímicamente. A Leo se le veían menos consecuencias pero se encontraba conmocionado. Lloraba desconsoladamente. Decidí quedarme con ellos hasta que vinieran sus familiares.
Compartiendo ese tiempo comprendí que a Leo le dolían mucho más algunas heridas que tenía en su corazón que las recientes que sufría su cuerpo. Son las heridas del alma. Esas que no se curan tan fácil. La pérdida trágica de un ser muy amado para él hace sólo tres meses lo dejó profundamente afectado.

Al sufrir el accidente, Leo sintió que ya eran demasiados golpes para él y cuando Walter lo ayudó a levantarse del asfalto atinó a arrojarse debajo de los autos que pasaban. Allí estuvo su primo para frenarlo e impedir un desenlace fatal. Las heridas invisibles más las visibles eran una carga aplastante para alguien de físico robusto y apariencia fuerte.
Les pregunté si eran creyentes en Dios y ambos me dijeron que sí. Entonces les comenté que yo también creía en Dios y que me parecía, por lo que ellos me describieron, más lo que vieron unos ciclistas que pasaron, que Dios los había protegido de algo mucho peor. Como solemos decir “la sacaron barata”. Entre los tres reflexionamos en cómo habían sido protegidos, en cuestión de segundos:

– No pegaron contra el guarda rail al caer, aunque circulaban cerca y rápido.
– A Leo se le salió el casco en la caída pero luego de haberlo protegido del golpe ya que se lo veía raspado.
– Los autos pudieron frenar y no atropellarlos, en una avenida donde hay un intenso tránsito hasta los días feriados.
– Leo no estuvo sólo sino que su primo lo salvó de tirarse para acabar con su vida.

Enumeramos estos puntos y Leo, algo más tranquilo, dijo: “Dios nos cuidó. Le agradezco por eso”.
Al rato llegaron sus familiares para buscarlos pero antes de despedirnos hicimos una oración a Dios agradeciendo su cuidado y pidiendo una pronta recuperación. Nos dimos un abrazo, no muy efusivo de mi parte para evitar ocasionarles más dolor, y registré el celular de uno de ellos para consultarles como se iban recuperando.
Walter se fue manejando la moto y Leo subió al auto con dificultad por los dolores que tenía. Antes de terminar de entrar al vehículo me miró, levantó el dedo pulgar de su mano derecha y esbozó una sonrisa para decirme “gracias” una vez más.
La moto y el auto partieron. Y yo me quedé mirando un momento el tránsito de la General Paz. Pensé en cuánto necesitamos enfocarnos más en lo positivo que en lo negativo de la vida. Siempre habrá un rayo de sol en medio de las nubes, una flor entre los yuyos, una sonrisa en la tristeza. Un motivo para agradecer a Dios a pesar de aquello que nos afecta.

Lic. Santiago López Blasco

Referentes: Ivi y Noemí | Burzaco, Bs. As.

Ivi tiene un comedor y merendero y Burzaco, Buenos Aires. Su amor por los niños es un ejemplo a seguir y un desafío para apoyar.

“Hace más de veinte años que llevamos adelante el comedor…”, me dice entusiasmada Noemí.

“Tuve un origen muy pobre, por eso inicié este lugar…”, me comenta Ivi abriendo su corazón.

Con Ivi y Noemí

“Mi papá está en la cárcel pero para mi cumple va a venir…”, me cuenta ilusionada una nena.

Mi amiguita

Tres historias. Tres realidades. Tres necesidades.

Noemí es la inseparable colaboradora de Ivis. Vive cerca del comedor “Los Angelitos” y desde que se fundó ese centro de ayuda social mantiene su compromiso inquebrantable de brindar su tiempo a los niños.

Ivi nació en Santiago del Estero con muchas privaciones. Por eso es imposible que ella sea indiferente al dolor y la pobreza. Sabe de que se trata. Siente bien de adentro esa realidad. De lunes a viernes sirve la merienda a decenas de niños y los sábados el almuerzo.

La nena es amorosa. Se ve en sus ojitos la necesidad de afecto. Con su hermosa sonrisa me dice que agarró un regalito demás para llevarle a su hermanita que tiene tres años y que está en la casa con su mamá. Habla de su papá con admiración y los ojitos se vuelven ojazos cuando se refiere a él. Sueña con el día que salga de la cárcel y vuelva a la casa. Lo extraña porque puede verlo cada tanto. La situación de ella es similar a la de otros niños que asisten al comedor.

Aquella tarde que fuí con un grupo a brindar una mano de ayuda y pude conocer a estas tres hermosas personas y sentirme impactado.

Impactado por el amor práctico de Ivi y Noemí, que sostienen su causa solidaria a sol y a sombra. Llueva o truene. Haga frío o calor. Nada ni nadie las detiene. No reciben ayuda regular de ningún ente público ni privado. Tampoco de partidos políticos. Se las arreglan como pueden. Reúnen alimentos para servirle a los niños y también para que lleven a sus casas. Juntan ropa y la distribuyen entre los chicos. Dan cosas y sobre todo, lo más significativo, se dan a sí mismas.

Cuando le consulté a Ivi cuál sería la necesidad más importante que tendrían, esperaba que me hablara de dinero o diferentes cosas. Pero no. Me planteó algo que muestra su visión estratégica. Quiere hacer unas paredes dentro del tinglado para que haya una sencilla salita donde los chicos puedan tener atención profesional en privado. Con un psicólogo, una enfermera o lo que sea necesario.

Esa tarde fuimos con un grupo de amigos de la Iglesia Adventista del barrio de Belgrano en CABA. Llevamos ropa, alimentos, un momento para los chicos con títeres y canciones y sobre todo el cariño cristiano. Después de unas horas pegamos la vuelta, escuchando el pedido más claro: Vuelvan pronto.

Escribo esto imaginando ya construida la salita que necesita el comedor de Ivi. Imaginando más personas que se acerquen a dar y a darse. Imaginando más apoyo a esas dos heroínas sin capa ni antifaz. Imaginando que mi amiguita se encuentre pronto con su papi. Imaginando que Dios pueda contar con más hijos suyos dispuestos a ser sus manos y sus pies en ese barrio humilde de Burzaco en Buenos Aires.

El comedor “Los Angelitos de Ivi” queda en Ituzaingó 890, barrio el Ceibo, Burzaco, Bs. As. Está abierto de lunes a viernes de 16:30 a 20hs y los sábados de 9 a 14hs.

Noemi no tiene trabajo y necesita uno urgente. Su teléfono es 1137991075

Ivi agradece toda ayuda que pueda llegar. Su teléfono es 1133126367

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Santiago López Blasco

slopezblasco@gmail.com